Cuando el mundo descubrió a Nalbandian

Cuando el mundo descubrió a Nalbandian

EsPeCiaLisTaS y PoLiFuNCionALeS  

En septiembre de 1998, en Nueva York, Nalbandian se metió en la historia. Y no se fue más. Quince años y unos días antes de avisarle al mundo que se iba del tenis, David Nalbandian le avisó a ese mismo mundo que había llegado para quedarse.

Entonces tenía 16 cumpleaños, la cadencia cordobesa que nunca perderían sus palabras, las preguntas y las respuestas de cualquier individuo que anda descubriendo la vida y una final de la categoría junior del Abierto de los Estados Unidos por jugar. Era el domingo 13 de septiembre de 1998, Nueva York no se resignaba a dejar partir al verano, los argentinos casi no hablaban de lo que ocurría en las canchas de Flushing Meadows porque ya hacía una semana que todos los mayores habían quedado eliminados y los estadounidenses no podían creer que un malestar físico hubiera conspirado contra Pete Sampras, el grandioso crédito local, hasta volverlo inferior en la semifinal en la que lo derrotó un crack pintón como el australiano Patrick Rafter. Del partido por el título que le tocaba a ese pibito rubio, con nombre de rey y apellido inacabable, no conversaba nadie. Y eso que el rival que lo esperaba ya disfrutaba de cierta fama. Era suizo: Roger Federer.

Nalbandian pasaba sus horas junto con otro talento argentino, Guillermo Coria, alguien a quien una tos incómoda había empujado a perder en primera ronda de ese torneo. Y junto con Clarisa Fernández, cordobesa como él. Y junto con María Emilia Salerni, la Pitu, un poco menor que el resto del grupo y capaz de triunfar unos años después en todos los torneos juniors que se propusiera. Como nada, se sacó de encima a cinco rivales, uno atrás de otro, entre el día 8 y el día 12 de ese septiembre que se le grabaría en su biografía. Perdió apenas un set contra el israelí Andy Ram, que jugaba fenómeno, y casi no sufrió cuando en los octavos de final se impuso al ruso Mikhail Youzhny, otro que llegaría lejos. Algo ya lo distinguía de los otros chiquitos a los que llenaba de pelotazos: nunca parecía otra cosa que un jovencito. Y algo más: nunca sufría.

Lo que sí hacía Nalbandian después de exhibir en cada desafío un golpe de revés a dos manos que ni siquiera tenían tenistas mucho mayores que él era ratificar que cada individuo guarda una historia irrepetible. La suya exigía pronunciar la palabra Unquillo, su patria, su ciudad, su corazón, casi sin parar. Su abuelo Paco, armenio, el primero de los Nalbandian en Unquillo, había caído en ese pueblo cordobés a causa de un azar. Décadas más adelante, sus padres y otras familias construyeron dos canchas de cemento, una rareza en el tenis argentino, una locura en Unquillo. Desde los cinco años, por supuesto que en Unquillo, jugó sin parar. Sin parar cuando lo convocaba para otra cosa su mamá Alda. Sin parar cuando ese River para el que hinchaba desde Unquillo o, en septiembre de 1998, desde Nueva York. Sin parar cuando el que hacía maravillas detrás de una pelotita y por televisión era el alemán Boris Becker, su ídolo. Tan ídolo que, en la jornada previa a la final, tras eliminar a Lovro Zovko, Nalbandian le reveló a los pocos periodistas no argentinos que repararon en él que su escena máxima de tenis era Becker, el fabuloso Becker, volando dos veces en palomita hasta ganarle un punto a Iván Lendl.

En la cancha 7 del majestuoso Flushing Meadows, Nalbandian se paró frente a Federer como otras personas de 16 cumpleaños afrontan su rato de ocio cualquier domingo a la mañana. SI el otro era un fenómeno, él iba a ser más fenómeno.Pero no como un desafío tenso, no como una necesidad que acogotaba, no como una obligación. IBa a ser mejor porque estaba tranquilo, porque sabía bastante de lo que era el tenis y porque sabía nada de lo que era el miedo. Iba a ser mejor y lo fue. Venció por 6-3 y 7-5 y sólo advirtió que estaba por ser campeón del Abierto de los Estados Unidos en el descanso anterior al último juego del partido. Leonardo Lerda, su entrenador de ese día, le demandaba desde una tribuna poco poblada que no fallara el primer saque. El no falló un poco por eso, otro poco porque hizo todo lo que a partir de la infancia le enseñó su hermano mayor Javier y un poco más o mucho más porque combinaba una desfachatez tenística insuperable con un talento que, según su inagotable reiteración, sólo germinaba en la mágica Unquillo.

Cuando ganó, saludó a Federer, al juez de silla, a los escasos argentinos que lo habían visto entrar en la historia y a nadie más. Tenía esos 16 tiernos cumpleaños por los que, un ratito después de la victoria, ya estaba aburrido y apareció de golpe en la sala de prensa. Ingenuo para casi todo menos para imponerse a Federer, le prestaron un teléfono de línea en esa edad de celulares aún no hegemónicos, discó los numeritos de su casa cordobesa y, cuando oyó una voz conocida, sólo atinó a hacer una pregunta: "¿Saben que gané?" Del costado argentino de la comunicación, escuchó decenas de veces "sí", se asombró porque risas y lágrimas le llegaban a los tímpanos y se atrevió a preguntar si eran muchos para comer el asado dominical que aromatizaba a esa Unquillo en la que, en ese instante, hubiera retornado con un cohete ultrasónico, inclusive si el pago del boleto requería que devolviera su condición de campeón.

A la tarde, recibió un trofeo en el centro del estadio Arthur Ashe, se lo calzó debajo del brazo, volvió a los pasadizos múltiples de ese recinto gigantesco, escaló hasta la terraza y, desde ahí, junto con Coria y con Fernández, miró a la distancia cómo Nueva York regalaba un atardecer increíble. Luego se sacó fotos, se divirtió imaginando más fotos y reincidió en interrogar y a interrogarse por qué eso que él había hecho, reproduciendo todos los aprendizajes de las canchas de cemento de Unquillo, era tan importante para tanta gente. Para ese momento, las agencias noticiosas del mundo reproducían que Nalbandian era un gran tenista en potencia. Los que lo miraban, en cambio, entendían que era exactamente un chico.

Nadie, ni siquiera Nalbandian, puede saber cuántas veces le reingresaron en la memoria la sensación del domingo 13 de septiembre de 1998, el eco de las pelotitas golpeando el suelo de la cancha 7, la comunicación entrañable con su casa, la generosidad del aire de Nueva York para permitir que sonara su apellido, la necesidad de pronunciar, con amor, Unquillo. Después de todo, David fue ganador de muchas cosas y en muchos años, recibió los elogios del planeta y jugó como un titán y como un artista en cien países. Tuvo aplausos, tuvo glorias, tuvo todo. Lo único que no volvió a tener son 16 cumpleaños y esa sonrisa de pibe con la que, desde el cemento de Flushing Meadows, le avisó al mundo del tenis que había llegado para quedarse. Ahora no ejercerá más como deportista monumental, pero le queda la existencia larga para seguir hablando de Unquillo. En eso, aunque el tiempo pase, aunque ya no será aquel junior y sí este adulto, siempre será un campeón.

 

Publicado en http://www.11wsports.com - 2 de octibre de 2013